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Jauría: demasiado real, demasiado inexplicable




En el “El espacio vacío” Peter Brook habla de la responsabilidad del público en el encuentro teatral contemporáneo. En su butaca y desde la distancia, el que observa cumple una función activa en la interpretación de una obra. Llevas al teatro tus ideas, prejuicios e inquietudes, así que al final tú también actúas para darle sentido a la pieza.

Puede pasar que disfrutes mucho un espectáculo que no interpela o se deje ver sin mayor inquietud, tampoco apetece reflexionar después de verlo. No tiene nada de malo, pero en ese caso sólo has consumido buen entretenimiento.

Exageraré para ser ilustrativa: piensa en el creyente fiel que asiste a su misa y se conforta, o en el militante acrítico que aplaude con placer al incuestionable líder de su partido, qué decir de los aficionados a comedias repletas de lugares comunes.

Quiero decir, entretener va de jugar con ideas ya establecidas, con cosas fáciles de comprender y colocar. Cuando quieres entretenerte, consumes lo que ya das por sentado, te diviertes con ello o refuerzas ideas que ya tienes en tu cabeza. Un teatro de tipo cultural se pretende diferente.


Entretener en el teatro es legítimo, me dirán. Lo es, claro que sí y hay teatro para todos. Pero también es posible un teatro que active tus ganas de dar sentido y de comprender algo recién revelado, algo que no puede verse desde el lugar común.

Con Jauría me ha pasado algo curioso: no pude apartar la mirada del espectáculo, bien dirigido e interpretado por sus actores, pero no porque me exigiera la reflexión o las ganas de comprender de las que he hablado, sino porque despertó en mí un morbo terrible, ese de mirar la violencia tan de cerquita.




Abordar el caso de La manada desde el teatro era un llamado a la reflexión y la denuncia, así se ha promocionado. Entonces no fui para entretenerme, tampoco para consumir ideas preestablecidas. Más bien esperaba la distancia que permite el teatro y el tiempo transcurrido para hacer a un lado la tentación de condenar rápido y desde la ira.

Me encontré con lo que parece una invitación a la rabia inicial ante un caso tan atroz, eso que tanto nos vendieron en televisión. Aquí no hay alternativa para el espectador, está claro de antemano de qué manera debe despreciar y qué forma adopta lo que rechaza. No hay conclusiones en las que puedas participar, tienes que venir con esas conclusiones preconcebidas.

Me resisto a suscribir el prejuicio. Estoy convencida de que necesitamos comprender a profundidad esto que estamos rechazando, no sólo sus efectos más visibles: la violencia que, al parecer, nos hemos empeñado en restregarnos en la cara. Déjame ver los contornos, porque necesito comprender, entender qué hay detrás de los eventos ruidosos y terribles. Para mí el ruido y lo terrible a solas es inexplicable, da mucha rabia y por el empeño en recordarlo frecuentemente siento más miedo.

No voy a satanizar desde la ira aquello que no comprendo, porque esa es la salida fácil. Precisamente para que no se repita, hay que comenzar a mirar matices y a comprender cómo es posible algo como esto. Espero no escandalizar a ninguna cuando digo que el feminismo debería intercambiar el lenguaje bélico, tan de luchas, por uno más argumentativo.

Si se trata de emanciparnos como mujeres, deberíamos evitar llamarnos a participar en legiones homogéneas. No me tuteles, yo puedo sacar mis propias conclusiones, no me llames al consenso pasivo de un batallón de guerreras. Mas bien acostúmbrate a escuchar críticas, porque no siempre son intenciones patriarcales solapadas, son mujeres que como yo, quieren hablar, pensar y comprender por su cuenta. Fotografías: Vanessa Rábade



Nota: El Teatro

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