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La Isla

¿Puede ser violento un matrimonio entre dos mujeres? Sí, puede. La posibilidad de ímpetu y corrupción en el amor va más allá del género. Este es un tema que parece evadirse últimamente, casi ocultarse. La naturaleza femenina es capaz de perversidades difíciles de abordar hoy, en el momento quizás más reivindicativo de su historia. 


Pero precisamente porque interesa defender la legitimidad de las conquistas femeninas, hay que evitar el error de presuponer santidad al género, como a cualquier otro aspecto de la naturaleza humana. Estamos, todos y todas, muy lejos de ser ángeles. 


Las mujeres no somos bondadosas ni malvadas por naturaleza, somos extremadamente complejas y empeñarse en sostener lo contrario es un reduccionismo peligroso. La discriminación o maltrato que sufrieron las mujeres del pasado y padecen las de hoy, no nos exime del potencial violento.


La Isla, escrita y dirigida por Juan Carlos Rubio, es capaz de precipitar reflexiones como esta, porque profundiza sin rodeos en la íntima historia de un amor degenerado.




La relación entre las dos mujeres que protagonizan la pieza incomoda a la vez que conmueve, sus escenas son profundamente poéticas, inquietan y dejan mucho en qué pensar.  La presentación de La Isla en la última edición de la Muestra Ibérica de artes Escénicas (MAE),  no ha dejado a sus espectadores indiferentes. 


Rubio sacó provecho al encargo que le hizo la compañía española Histrión Teatro, escribió sobre temas que le llamaban: aspectos tabú de la naturaleza femenina y las posibilidades más oscuras del amor. El resultado es una pieza que admite es arriesgada y considera difícil de llevar a escena.


El dramaturgo, como su obra, no tiene reservas en ser honesto: comenta que ha escrito desde su propia soledad e inspirado por dolores muy personales. Se trata de una pieza que no fue fácil de escribir y de un espectáculo igual de demandante para el público. 




ALIVIAR AL PÚBLICO DE LA TENSIÓN QUE GENERAN AS ESCENAS Y HACER PARTE ACTIVA DE LAS REFLEXIONES EN CADA ACTO


Ada y Laura, interpretadas por Gema Matarranz y Marta Megías, son un matrimonio en una situación de emergencia. Esperan en la sala de un hospital noticias que serán determinantes para sus vidas y para el futuro de su relación. 


El espectador permanece intrigado mientras arma las piezas de un rompecabezas y, para ahondar aún más en lo que sucede, Juan Carlos Rubio utiliza un recurso que evidencia su calidad como dramaturgo: lo que en realidad vemos, son dos actrices preparando las escenas del matrimonio en cuestión. 


En una puesta con pocos artificios, la energía de la obra se sostiene sobre todo en el texto y la cruda interpretación de las actrices. La honestidad de su trabajo es una demostración de confianza entre dos profesionales comprometidas, ofrecen un espectáculo conmovedor al público e incluso una lección magistral de interpretación actoral. 


Gema, capaz de una dureza tremenda y una verdad escalofriante. Marta, más compasiva, encarna la fachada de una mujer fuerte, que sufre a solas y está aturdida por el vértigo. 




ANHELAR MEDIDAS EXTREMAS PARA SITUACIONES EXTREMAS


La psicoanalista Clarissa Pinkola Estés acude a leyendas populares en busca arquetipos instintivos femeninos. Entiende que todos sentimos el anhelo de lo salvaje y que lo culturalmente aceptado es ocultar ese anhelo. Más allá de sus consecuencias buenas o malas, la analista trabaja en rescatar lo positivo  del instinto femenino, que con razón considera socavado y abusado.   


Al ver La Isla y tras la oportunidad de conversar con Juan Carlos Rubio,  pienso en dos mujeres que han puesto a  prueba su naturaleza más instintiva. El dolor y la incapacidad para comunicarse es tal, que son capaces de negar todo lo que damos por sentado y aceptamos como natural en el instinto biológico de la mujer.


EL DRAMA DE DOS AMANTES INCAPACES DE COMUNICARSE


La Isla es la historia de dos mujeres que se aman y no son capaces de ser honestas para aceptar los cambios que debe atravesar su relación. 


Hay en La Isla una simbología oscura del amor que parece implicar la muerte.  Las etapas de una relación entendidas como un ciclo vital que se repite. Nacimiento, desarrollo, declive y muerte.  Cuando llega el momento de que una relación muera y es algo que no puede enfrentarse entre sus partes, el amor enfurece y permanece envilecido. Sólo tras aceptar que hay un momento para el fin, el renacer de la relación en un nuevo ciclo es posible. 



UNA RAZÓN MÁS PARA APOYAR LA INICIATIVA DE LA MAE


Ante la calidad de una esta pieza como esta y otras de nivel en la selección de Muestra Ibérica de las Artes Escénicas (MAE) toda crítica en torno al evento debería ser constructiva. Desde El-Teatro celebramos una vez más la programación de la feria, que tiene entre sus principales objetivos incentivar la economía del sector de la cultura. 


Más allá de algún aspecto de logística mejorable y de la cuestionable educación de algunos espectadores, los méritos de la feria son dignos de rescatarse.  Porque el sector de las artes escénicas dependen del comercio y facilitar el intercambio con la iniciativa privada es incluso más conveniente que la mera subvención estatal de la producción teatral. La cultura es imposible si antes no se garantizan las condiciones materiales (sí, económicas) que la materializan.


Fotografías: Gerardo Sanz

Nota: El Teatro

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